jueves, 30 de octubre de 2008

Reyes Mate en Encuentros de lecturas



José Torreblanca publica esta semana en la revista Encuentros de Lecturas un excelente artículo sobre La herencia del olvido, la última novedad de Errata naturae editores. Antes de dar paso al texto, corto y pego la frase de Auden, a la que sigo dando vueltas, que abre este sitio altamente recomendable dedicado a la literatura y el ensayo:

 

Reseñar libros malos no es sólo una pérdida de tiempo, sino también un peligro para el carácter.

 

 La Herencia de olvido, Reyes Mate

Adentrarse en la lectura de los diez ensayos recogidos en La herencia del olvido, que publica Errata naturae, no es una tarea exenta de riesgos. Uno de ellos no es, desde luego, el que pueda provenir de la dificultad de su lectura sino todo lo contrario. Aunque la escritura del autor es siempre densa, y más en estos ensayos en los que está contenido, para quien lo conoce, gran parte del pensamiento de Reyes Mate, el placer de la lectura está asegurado. Su estilo tiene la claridad que, como cortesía del filósofo, preconizaba Ortega y Gasset. La brillantez del autor y su capacidad para transmitir su convicción y su implicación personal en las ideas que defiende pueden ser fascinantes.

 

El riesgo no proviene por tanto de la dificultad de la lectura sino de todo lo contrario. Llevados por una argumentación tan convincente, y fascinados por un autor cuya trayectoria vital es absolutamente coherente con su obra, podemos tardar en darnos cuenta de que se nos va a terminar llevando a plantearnos cuestiones, como el papel de Dios o la religión, que sólo parecen estar de moda en nuestros días entre los cultivadores del pensamiento fundamentalista. Un posible lector, no advertido, que esté instalado cómodamente en su laicidad, y no digamos si forma parte del denostado laicismo excluyente, experimentará según progrese en la lectura de La herencia del olvido sucesivos sobresaltos. El autor, pese a ser persona tolerante, e incluso experto en tolerancia, no está dispuesto a tolerar una lectura curiosa o indiferente. Sólo permite una lectura comprometida. El riesgo en el que incurrimos, por tanto, es el de tener que pensar.

 

De los diez ensayos que integran la obra, son los siete postreros los que recogen el pensamiento fuerte del autor dado que los tres primeros están dedicados a relatar su experiencia iberoamericana, una experiencia que dada la profesión del autor es una experiencia filosófica. Su lectura bien merece la pena no sólo por lo que tienen de entrañables recuerdos personales sino porque al aparecer la memoria de la América precolombina y de la conquista con su carga de atrocidades y olvido ofrecen los primeros atisbos de cómo en el pensamiento de Reyes Mate están siempre presentes "los olvidados" de antes, y los de ahora como los que dan título a la película de Buñuel, pensamiento que se desarrolla en profundidad en los siete ensayos siguientes.

 

En estos tiempos en que se trata de recobrar la memoria de unos muertos en un tiempo y en un espacio tan delimitados como el de la guerra y la posguerra civil española, se nos propone un programa tan ambicioso que puede llegar a ser estremecedor. La memoria que hay que recobrar es la de todos los vencidos de la historia. El sufrimiento infinito de tanto inocente debe pesar sobre nuestras espaldas y obligarnos a preguntarnos por su razón.

 

El sufrimiento de los vencidos no pertenece sólo a una historia lejana. El sufrimiento de tanto inocente queda bien escenificado en el siglo XX, y adquiere con el exterminio del pueblo judío un carácter tan atroz que obliga a preguntarse por la razón de tanto sufrimiento, y sobre todo qué hacer con él salvo que se opte por encogerse de hombros y pasar página.

 

Y es en este punto del relato cuando el posible lector, que hasta aquí no había cuestionado los valores de la ilustración, la razón y el progreso en los que probablemente se ha educado, y que se declara laico y por tanto partidario de que la religión se desenvuelva en el ámbito privado, experimentará el primer sobresalto.

 

Reyes Mate, y con él un grupo, nada desdeñable en cantidad y calidad, de filósofos y escritores que ha reflexionado sobre el totalitarismo nazi, el antisemitismo y los campos de exterminio, muchas veces desde su experiencia personal, coinciden no sólo en la crítica a la ilustración sino que la hacen responsable directa o indirectamente del fracaso que para la humanidad representa el genocidio. Y al hilo de la argumentación que sustenta esas afirmaciones el lector es invitado “a repensar a la laicidad”, dado que “en Auschwitz se hace visible la laicidad”, para a continuación enfrentarle con temas que ponen en relación " fascismo y ajusticiamiento de Dios", "Auschwitz y la fragilidad de Dios", o tratan "del lugar de la religión hoy" o en los que se habla de "redención" o "mesianismo"

 

Decir que los planteamientos citados son sugerentes sería casi una frivolidad. Son planteamientos que exigen una respuesta comprometida en el acuerdo o en el desacuerdo. Negarse a dialogar con Reyes Mate al compás de la lectura de sus ensayos es negarse a hablar de los condenados de la tierra. En cualquier caso un punto de acuerdo es siempre posible. La razón compasiva en torno a la que giran estos ensayos puede muy bien tener raíces cristianas pero ha podido ser asumida comprometidamente por lo mejor de una izquierda que no ha renunciado a ser laica y progresista.

 

José Torreblanca


sábado, 25 de octubre de 2008

En el polígono


Cuando llegamos al polígono eran las seis y diez de la mañana. Pilar venía de fiesta con medio gramo en el cuerpo, sus tacones fucsias de Mango y el maquillaje rehecho. Se quitó los zapatos y se encaramó al andamio como un gato, donde la seguí no sin esfuerzo.

-   No lo entiendo –me dijo de repente con un tono que se encaminaba a buen paso hacia el reproche-. 

-    ¿El qué?

-     Lo de  Bolaños.

-     Bolaño. ¿Qué no entiendes?

-     Lo de elegir escritores para cometer un delito o lo que sea.

-     

-     ¡¡Joder Rubén!! Y por qué me cuentas eso… ¡Entonces que coño pinto yo aquí pegando el puto cartel de la editorial, si sabes que el único libro que me he acabado es El código Da Vinci!

-     No te rayes, Pili, estás muy pedo –le dije, tratando estúpidamente de adaptar mis palabras a su lenguaje y de obviar la sagacidad de las suyas. Pasado un instante le acaricié el pelo a la altura de la nuca, en un gesto fallido-

Ayer, cuando volví a la imprenta tras varias semanas, vi que habían retirado el andamio y que el cartel, sorprendentemente, sigue allí.

R.H.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Deseo del Monstruo

"El hombre tiene siempre el deseo de algún objeto monstruoso. 
 Y su vida sólo tiene valor si la somete completamente a esta persecución".

 Jean Giono, Pour saluer Melville.

 

Supongo que Errata naturae, esta editorial poblada de monstruos, es a día de hoy, para bien y para mal, la respuesta más certera que he sido capaz de concebir para las palabras de Giono.


R.H.

sábado, 18 de octubre de 2008

Sobre el destino

Hacía varios días ya que se me había colado en la cabeza, con tintes de presagio y de catástrofe, la frasecita de Samuel Beckett:

        “Algo está siguiendo su curso”.

Instigado por el irlandés, agarré el volumen que contiene el discurso Sobre el destino de Cicerón, pensando que tal vez allí se dijese algo interesante sobre ese otro “algo”. Había comprado el libro meses atrás pero hasta hoy no había llegado ni siquiera a echarle un vistazo, de modo que retiré el plástico que lo envolvía –o “condón”, según la jerga libresca que me enseña mi amiga Ángela- y hojeé las páginas buscando el comienzo del texto. Lo que encontré, sin embargo, fue un cadáver. Lo reproduzco en la siguiente imagen, a media altura y a la derecha del texto.





¿Cómo llegó la criaturilla insectil a hallar la muerte en este pasaje ciceroniano? Lo ignoro. En cualquier caso, la sospecha habitual de que comprar un libro es tanto como llevarse a casa un féretro se convirtió en una intuición objetiva. No me quedó más remedio que tomar al bicho por un auspicio y me dispuse a leer el fragmento que señalaban sus restos como si de la admonición de una sibila se tratara:

 

“Dijo que Sócrates era estúpido y lerdo, porque no tenía hundidos los hoyos de la clavícula; decía que tenía esas partes obstruidas y cerradas; añadió también que era un mujeriego, ante lo que -según se dice- Alcibíades sufrió un ataque se risa”.

 

         Tras unos minutos ante el espejo a mí tampoco me aparecen los jodidos hoyos por ningún lado y tengo mis dudas sobre la posición real que ocupa la clavícula en mi cuerpo. Sin perder la esperanza, intento hallar en la segunda parte del fragmento señalado por el mosquito, allí donde Alcibíades se ríe de la incompatibilidad entre el sabio y las bondades de la mujeres, el mensaje cifrado que el texto, sin duda, me ofrece. Me enfrasco en nuevas cavilaciones y trató, una vez más y como siempre en vano, de situarme a mí mismo entre los polos arquetipos del filósofo y del erotómano. Pienso, como tantas otras veces, en la paradójica aliteración de la ascesis y el exceso que, los pocos que me conocen bien, saben que me define tanto como me deshace. Veo desfilar no sólo a Sócrates, sino también, y sin orden alguno, a Epicuro, a Pasolini, a Deleuze, a Séneca y a Restif de la Bretonne. Entro en barrena, para variar. Y de repente, sintiéndome aún más inútil, caigo en la cuenta de mi error: me doy cuenta de que Alcibíades no se reía de la flagrante incompatibilidad entre el destino del sabio y los placeres de nuestras Venus, sino del hecho de que a Sócrates, para desgracia de la pobre y temperamental Jantipa, le gustaran más los nabos que las chirlas (excuse my French). Me río a gusto de mí mismo durante un buen rato, para desconcierto y alarma de Bergman, mi perro, y veo cómo, a medida que se relaja la mandíbula, lo que sea que esté siguiendo su curso empieza a importarme un poco menos.  


R.H.

martes, 14 de octubre de 2008

De travers

«Tenía la heroica manía bella de lo derecho, lo recto, lo cuadrado. Se pasaba el día poniendo bien, en exacta correspondencia de líneas, cuadros, muebles, alfombras, puertas, biombos. Su vida era un sufrimiento acerbo y una espantosa pérdida. Iba detrás de familiares y criados, ordenando paciente e impaciente lo desordenado. Comprendía bien el cuento del que se sacó una muela sana de la derecha porque tuvo que sacarse una dañada de la izquierda.
Cuando se estaba muriendo, suplicaba a todos con voz débil que le pusieran exacta la cama en relación con la cómoda, el armario, los cuadros, las cajas de las medicinas.
Y cuando murió y lo enterraron, el enterrador le dejó torcida la caja en la tumba para siempre».
«El recto», Juan Ramón Jiménez.

Acabo de terminar mi mudanza. Es un decir, claro, porque todavía quedan algunas cajas por desembalar, los libros están colocados tan solo de manera provisional en las estanterías —aún sin orden, aún sin concierto— y me faltan cosas por traer. Pero ya he mudado de hogar. He venido con plantas y perro: la flora y la fauna, que constituyen, junto con los libros, mi mayor aportación a esta casa. Así que esto va en serio.
Entre los libros he encontrado el que contiene este cuento y he ido directamente a buscarlo, para recordar el impacto que produce y la eterna inquietud en la que nos sume esa última línea. Eterna como la muerte.
Pero no es ése el único motivo por el que transcribo este cuento. Cuando lo releí, el microrrelato también se me antojó un eco de Diógenes enterrado boca abajo, esperando a que el mundo se volviese del revés (Véase la entrada del 9 de octubre de este blog). Y he querido contestar a mi socio con otro muerto mal enterrado. ¿Cómo será el mundo después de que al recto lo entierren torcido?
Sin embargo, tampoco es ésa la razón más profunda por la que cito este cuento. De la misma manera que el recto entiende la historia de las muelas, yo siempre he comprendido bien este relato. También tengo manías de rectitud, pruritos de simetría, ansias de correspondencia y linealidad. Desde pequeña, he de admitirlo. Ahora bien, nunca lo había entendido tan penetrantemente como ahora. Como ahora que me encargo de la corrección de los libros de la editorial, quiero decir. Atender a los cortes de palabra, las líneas viudas y las huérfanas, la correspondencia de las citas, la unificación de los acentos… es mucho peor que ocuparse de los cuadros, los muebles y las alfombras que, al fin y al cabo, tienen un número más limitado y que, una vez colocados, nos permiten un merecido, aunque breve, remanso de tranquilidad.
Sepan, por tanto, que cualquier errata que escape a mi examen y que finalmente aparezca en nuestros libros la siento como la última línea de este cuento, como esa caja torcida en la tumba para siempre.


Nota de aquélla a la que, si gustan, pueden empezar a llamar «la recta»: la negrita que aparece en el cuento es mía y es un guiño personal, no le busquen las vueltas…

I. A.

domingo, 12 de octubre de 2008

Imaginary Erotic Action / 1

La mujer de la fotografía se llama Joanna. Hizo sus pinitos en el porno y después decidió montárselo por su cuenta. Cuando cogimos cierta confianza me confesó, con un gesto melancólico, que tenía dos clítoris, y yo le conté que dirigía una editorial repleta de monstruos. Le propuse que, si aceptaba fotografiarse con un cartel promocional de nuestro próximo libro, Pere Portabella. Hacia una política del relato cinematográfico, me acostaría con ella sin cobrarle nada. Se río y le pidió al camarero dos buñuelonis más, largos de ginebra; después me dijo que le encantaría posar para la editorial y que lo haría de manera generosa.

R.H.

jueves, 9 de octubre de 2008

Consejos escatológicos

- JENÍADES: "¿Cómo querrás que te enterremos?"
- DIÓGENES: "Boca abajo."

- JENÍADES: "¡¿Por qué?!"

- DIÓGENES: "Porque en breve va a volverse todo del revés."


D. Laercio 
Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres

 
R.H.

domingo, 5 de octubre de 2008

El sexo en el mundo del arte

Todos tenemos un pasado. Yo, por ejemplo, antes de ser editor frecuenté durante un tiempo el mundo del arte. ¿Qué quiere decir esto? Poco, la verdad. Por ejemplo: que cuando visitaba la Feria de ARCO siempre había gente que me saludaba por los pasillos y otra gente a la que saludaba yo, a veces sin tener muy claro ni siquiera quienes eran. Año tras año recorría la Feria con el crítico Javier Fuentes Feo —cuya compañía y análisis eran para mí lo mejor de cada evento— y año tras año Javier y yo concluíamos, sin llegar nunca a saber porqué, que ARCO es puro sexo. Tal vez fuese la jodida moqueta de la que tanto se sigue hablando y sus inextinguibles emisiones de electricidad estática. O tal vez fuéramos nosotros… El caso era que a través de aquel laberinto de paneles móviles abarrotado de objetos y obras tan poco deseables, ambos creíamos respirar un gas inodoro y hormonado, y nos encontrábamos incesante y anormalmente atraídos por un sinfín de mujeres del mundillo: galeristas, artistas, críticas, historiadoras del arte e incluso, y apostando fuerte, coleccionistas. Sin embargo, tras cada feliz cruce de miradas —que, reconozcámoslos, eran más bien escasos— no podíamos dejar de preguntarnos: ¿merecerá la pena dar rienda suelta a los irrestrictos reclamos de la carne?, ¿qué influencia podrá tener esta unión en nuestras velocísimas carreras profesionales?, ¿qué riesgos asumiremos, y en que grado, al compartir lecho o letrina con alguna representante de los distintos sectores del mundo del arte? ¡Ay! proceloso mar de dudas el que atravesábamos cada año en aquel recinto ferial… Qué bien nos hubiera venido contar con un cuadro sinóptico en el que se describieran los niveles de aceptabilidad y peligro que entrañan las relaciones sexuales entre miembros del ramo profesional del arte. Un cuadro como el que aparece en el Manual de estilo del arte contemporáneo  (Tumbona Ediciones) que leo estos días, escrito por Pablo Helguera, Jefe de Programación Educativa del Museo Guggenheim de Nueva York, y que reproduzco como contribución al difuso savoir vivre de las nuevas generaciones.

R.H.

 

jueves, 2 de octubre de 2008

Mafia meditatio

    Vania?
    Yeah.
    It’s me. I got some trouble.
    Something serious?
    Fuckin’ Marco Aurelio again…
    ‘Be there in twenty minutes.

 

 

Agradecí, una vez más, su inmediata disponibilidad y colgué el teléfono. Vania es un latinista de origen ruso que tuvo algunos problemas en su país y ahora vive refugiado en Vallecas. Trabaja para esta cosa nuestra a la manera del Sr. Lobo de Tarantino, sólo que viste como Christopher Moltisanti. Al llegar a mi casa sacó su ejemplar en latín de las Meditaciones como si fuera un calibre 38, y nos pusimos a ello.

 

Le expliqué que había pasado la semana leyendo a Marco Aurelio en la edición castellana de Alianza a cargo de Bartolomé Segura Ramos. Desde el principio, le dije, me pareció una edición demasiado exigua en las notas y con una traducción que resultaba dudosa en más de un fragmento. Sin más preámbulos le señalé a Vania la frase que, finalmente, hizo saltar la liebre en mi cabeza:

 

«Aunque reventasen, no por ello dejarán de hacer las mismas cosas» (Marco Aurelio 8, 4).

 

 

Reconozco que fue mera intuición, pero me resultó un pasaje demasiado destemplado, desdeñoso, exento de la magnanimidad y la benevolencia propias del estilo del emperador-filósofo. Vania abrió su ejemplar y buscó las verdaderas palabras del romano:

 

«Nihilominus eadem facient, etiamsi tu ruptus fueris.»

 

Tras un minuto de reflexión, la traducción de Vania ponía las cosas en su sitio: «Que no menos harán las mismas cosas, aunque tú revientes». Ciertamente, seguía siendo un pasaje inusualmente brusco, pero, con esta interpretación, el que corre el riesgo de reventar eres tú y no ellos, que es de lo que debe uno preocuparse y lo que le importa a Marco Aurelio. Conviene olvidarse, por tanto, de las habladurías, los chismorreos y los desafueros de los otros, porque esta cosa nuestra bastante tiene con preocuparse y poner orden entre los suyos.

 

    Anyways... told you a thousand times: Use the fuckin’ Gredos Edition!!

 

     Yeah, you’re right, I will. What about the truck?

 

    Monday, Play Station 3, around two hundred. Want me to save you one?

 

    Why not…

R.H.

martes, 30 de septiembre de 2008

Bonheur permanent



Ana S. Pareja me envía la reseña de El gesto más radical que ha escrito para el numero de octubre de la revista Go Mag. A Ana la conocí en la fiesta que el El mundo ofreció el pasado mes de junio, desoxigenada fogatilla de las vanidades, to see and to be seen, que cada año convoca este periódico coincidiendo con la Feria del Libro de Madrid. Desde fuera, Ana es una mujer guapa y rara. Esta yuxtaposición me produjo una sensación de confianza a todas luces injustificada. Sin embargo, unos minutos de conversación en aquella fiesta y el ramillete de mails que hemos cruzado posteriormente me parece que tienden a confirmar la justeza de mi primera impresión. Ana es, además, editora de Melusina, la editorial creada por José Pons que es en España lo que Editions Allia en Francia o The New Press en Estados Unidos, lo cual no es poco. Ana acaba de coordinar la edición de Odio Barcelona, escrito por varios autores y que salió a la calle hace apenas unos días: el libro es una de esas publicaciones-idea que, como si fuera una pieza de Joseph Kosuth, está ya en buena parte salvada antes de su materialización efectiva. A continuación transcribo su reseña para el libro de Sadie Plant publicado por errata naturae.

R.H.

El gesto más radical. La Internacional Situacionista en una época posmoderna es la primera referencia de la colección ‘La muchacha de dos cabezas’ de Errata Naturae. Me gusta esta editorial madrileña, además de por sus interesantes títulos, por la disposición de las colecciones y el artwork de las cubiertas, con sus individuos deformes y el canto a lo raro, obtuso e incómodo que se plantea ya desde el mismo nombre de la casa editora. Recomiendo que se eche un vistazo a la lista de títulos, todos ellos muy atrayentes, y en particular recomiendo la lectura de este volumen de Sadie Plant, muy útil para volver la vista a la Francia sesentayochista y refrescar nuestros robóticos y cansados lagrimales posmodernos. Sadie Plant enarboló la bandera ciberfeminista al grito de Somos el coño moderno. Somos el coño del futuro. En este ensayo, desentierra las raíces del situacionismo, las ordena y cataloga, para después mostrarnos de qué manera la posmodernidad bebe de sus presupuestos, todo de modo ordenado y ameno, sin fárrago ni oscuridad, de forma que el texto se convierte en la guía ideal para aquellos que quieran desempolvar viejos radicalismos y empaparlos de una nueva óptica. Tras una lectura detenida, conclusión apresurada: Lo único de lo que no ha sabido embeberse la posmodernidad en su relación con la Internacional Situacionista tiene que ver con lo poético de algunas consignas bonitas. Imagínense a una chica bicéfala ataviada con camiseta imperio escupiéndoles a la cara un Je déclare l’état de bonheur permanent!

Ana S. Pareja


sábado, 27 de septiembre de 2008

La Otra Revolución




Encendí la televisión y me encontré con la mirada alciónica e intimidante de Pedro Piqueras. En el contraplano apareció su entrevistado para el informativo de la noche: Benicio del Toro.

 

     «¿Y no le parece a usted que la película, basada de forma casi exclusiva en los escritos del Che, resulta finalmente parcial?» —inquirió Piqueras

 

El bueno de Benicio —que probablemente se había pasado con los canutos en el camerino y olvidó la respuesta que le mandó por fax la productora para atajar este tipo de preguntas— simuló que sopesaba su contestación. Alzó la mano hasta el mentón, se revolvió en la silla buscando una postura más propicia, ventiló unas cuantas interjecciones más bien arrítmicas y volvió a cruzar las piernas… Bellísimo tiempo muerto televisivo en pleno prime time:

 

     «Eh… Umm… Vamos a ver… Que si es parcial, me pregunta… Pues…. Yo no diría que… Pero bueno, no sé… sí, supongo que es parcial» —dijo finalmente como quien reconoce que lleva un lustro sin declarar el IVA.

 

¿Y qué si una película es declaradamente parcial en su juicio sobre un hecho histórico? ¿Y qué si defiende, por ejemplo, que la Revolución Cubana fue en su día uno de los proyectos colectivos más bellos del siglo? ¿Y qué?

El problema no es la parcialidad ideológica de un discurso, en este caso fílmico (¡cómo si alguno pudiera no serlo!), sino la malversación de los datos históricos con los que se nutre. En resumen: hacer pasar gato por liebre, que es lo que ocurre en diversos momentos de esta biografía cinematográfica del Che. Veamos.

La película de Soderbergh construye un relato ágil, ameno e interesante del proceso de la Revolución, pero para ello soslaya o evita todas las contradicciones o aporías que constituyen igualmente la realidad histórica de la que nos da cuenta. El objetivo de esta evitación es doble:

 

a/ Soderbergh quiere promover una imagen coherente, cerrada y perfectamente comprensible de la Revolución, como hace el cine de Hollywood —salvo contadas excepciones— con todos los temas que aborda.

 

b/ Soderbergh quiere ceñir un proceso histórico enormemente complejo a los estrechos márgenes de la técnica compositiva de guión que ampara el canon hollywodiense (primacía aristotélica de la acción como desencadenante y esqueleto del relato, progresión dramática de los acontecimientos, identificación del espectador con el héroe, peripecia y agnición de éste, historia de amor idealizada…)


Sin embargo, ni en la vida ni en la revolución las cosas son tan simples. Como muestra un botón. Hacia la mitad del metraje, con la guerrilla ya bien instalada en la Sierra Maestra, dos hombres desertan de una de las columnas del Che. Al espectador se le informa de que, en su huida, han robado a unos campesinos pobres de solemnidad y han violado a la hija adolescente de otro. Finalmente, la guerrilla los encuentra y el propio Che se encarga de impartir justicia. Delante de los dos hombres, ambos arrodillados ante el pelotón de fusilamiento, el Che los acusa de latrocinio y violación, autorizando una muerte que, de cara al espectador —y más allá de sus creencias personales sobre la pena de muerte— no resulta del todo injusta. La realidad histórica, sin embargo, era muy distinta y es obviada por la película. ¿En qué sentido digo que la realidad histórica era distinta? ¿Y por qué es aquí enmascarada?

En la imagen reproduzco mi ejemplar de Escritos y discursos I de Ernesto Che Guevarapublicado por la Editorial de Ciencias Sociales de La Habana e impreso por la Unidad Productora 10 «Raimundo Carmona» en Agosto de 1977, «Año de la Institucionalización», según su patriótico colofón. En él encontramos un largo texto titulado «Guerra de guerrillas», en el que se basa, tal como recordaba Pedro Piqueras, la práctica totalidad del argumento del filme. El escrito consiste en una suerte de híbrido entre el manual del guerrillero y el diario del comandante, y al revisar mis subrayados confirmo que es aquí donde se expone, de forma contundente y según las leyes auspiciadas por la justicia revolucionaria, que la deserción de la guerrilla se paga de forma automática con la muerte (recordemos que un desertor es siempre un informante potencial del enemigo). Es otras palabras: que esos dos hombres, aunque no hubieran robado ni violado, aunque simplemente hubieran sido dos chicos de dieciséis años arrepentidos de haberse llegado a la sierra y la guerra, habrían sido ajusticiados igualmente. Entonces ¿por qué Soderbergh nos hace ver, de forma engañosa y falaz, que el motivo de la pena capital es un robo o una violación y no la mera y simple deserción, como sabemos que ocurrió realmente en numerosos casos a lo largo del proceso revolucionario? Resulta evidente: ver al Che encajándole un proyectil en el cráneo a un guerrillero arrepentido al que aún no le salió la barba habría distanciado al espectador del héroe. Y esta distancia por supuesto sirve para pensar una realidad —en su terrible complejidad, en su aspereza intolerable—, pero no para pasar un buen rato.

Continuemos un poco más. Pocas secuencias después vemos una escena gemela a la de este primer ajusticiamiento, situada en esta ocasión en un cuartel del ejército del dictador Batista. Allí, ante las noticias del avance inexorable de la guerrilla, un joven soldado deja su fusil en el suelo, proclama su abandono del cuerpo y se encamina hacia la puerta del recinto. Antes de llegar al umbral y sin mediar palabra su superior le descerraja un tiro en la nuca: «en este ejército la deserción se paga con la vida» —advierte, tal vez tarde, y vuelve a enfundar su pistola. Lo interesante es pensar que, en la realidad de aquel proceso histórico, la lógica y la ley era la misma para los dos bandos: deserción = pena de muerte. Soderbergh, sin embargo, sólo nos muestra esta realidad, tan cruel como necesaria, en relación a uno de los dos bandos, reforzando así de forma engañosa la superioridad moral de los unos sobre los otros. De este modo, al no mostrar con claridad este mismo horizonte de espanto del lado de la guerrilla, se soslaya una de las  paradojas propias de todo proceso de transformación violenta de la realidad: la necesaria creación de víctimas inocentes como peaje del progreso social y político.

Podríamos hablar de otros muchos ejemplos: ¿acaso aparecen reflejados en la película los comandos de la guerrilla que el propio Che denominaba «pelotones suicidas» —y no me entretengo en explicar su función más que problemática desde un punto de vista ético—? ¿Es que en algún momento se propone una reflexión sobre el lugar del que emana la llamada «justicia revolucionaria» que legitima buena parte de las acciones que se nos presentan? Todo lo contrario. La película se afana por evitar toda problematización real del proceso histórico. El espectador es secuestrado desde un punto de vista emotivo gracias al proceso de identificación con el depurado héroe protagonista, mientras su capacidad reflexiva es sistemáticamente liquidada. En resumen: la definición opuesta a todo cine verdaderamente político.

El cine político que nos hace falta es otro: uno que nos impulse a pensar con valentía las revoluciones pasadas y a crear con audacia las revoluciones futuras, que deberán ser fundamentalmente distintas —nómadas, acéfalas, microscópicas—. Es necesario otro cine político a través del cual repensar, por ejemplo, la figura del Che: lo eminente, lo ejemplar, lo bello, pero también lo atroz.

Finalmente, la guinda de la banalidad la encontramos en el cartel promocional que he reproducido al comienzo. Si al terminar de leer este párrafo vuelven arriba con el ratón verán que el eslogan publicitario de la película, con uso incluido del imperativo, nos llama a unirnos a la revolución. No sé a qué revolución se refiere, pero ni siquiera como détournement contrarrevolucionario tiene la cosa mayor industria.

R.H.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Seguro de suicidio y Seguro de anarquía

La cosa -léase: la edición independiente- está brava y ello obliga muchas veces, al menos en mi caso, a simultanear otro tipo de trabajos puramente alimenticios. Estos días, por ejemplo, corrijo un eterno diccionario de seguros editado por Mapfre. El encargo me llegó a través de mi amiga Ángela Villaverde, editora como yo, sólo que mejor y con más experiencia. Entre los miles de conceptos ferozmente aburridos que pueblan este vocabulario se encuentra, sin embargo, alguna perla. A alguno le interesará saber, por ejemplo, que existe un Seguro de suicidio. Entre sus cláusulas se establece que el asegurado o contratante, suicida en potencia, deberá esperar al menos un año antes de alzar la mano contra sí mismo si quiere que sus parientes obtengan de la compañía la compensación económica acordada. Si el asegurado ya se decidió entre el viaducto y el butano, y actúa consecuentemente de mala fe, deberá ser, al menos, paciente.  

También me llamó la atención comprobar que este diccionario de seguros reservaba un espacio para la voz anarquía, con la siguiente definición:



Más allá del derroche ideológico, que no saco fuerzas para comentar (¿será que, como decía Robe Iniesta, yo también me estoy haciendo viejo?), me intriga sobremanera la presencia fantasmal de este vocablo en un léxico dedicado al ámbito de los seguros. Sólo encuentro una razón: que al igual que existe un Seguro de incendio o un Seguro de pedrisco, exista también un Seguro de anarquía. Sería tan bello...  

R.H.