En la ciudad de Monteverdi, Nietzsche y Gast (el amigo del filósofo, un músico al que debemos una ópera cuyo título es Los leones de Venecia) ponen a punto el manuscrito de Aurora, libro genovés en su factura, pero que durante mucho tiempo se tituló Ombra di Venezia. Más tarde piensan, juntos, un libro sobre Frédéric Chopin. Nietzsche lee a Georges Sand, Gast estudia las partituras y ambos tocan las piezas en el piano. Me gusta imaginar, bajo los dedos del filósofo, el Estudio Op. 10 nº 12 en do menor, un allegro con fuoco —la expresión musical del genio nietzscheano, de su cualidad y su destino—. Brío, potencia, fuerza y desesperación: esta obra del opus 10 es una tempestad que prefigura el final de los viajes de Nietzsche.
miércoles, 4 de febrero de 2009
Michel Onfray: Nietzsche, Venecia, la locura y la música
En la ciudad de Monteverdi, Nietzsche y Gast (el amigo del filósofo, un músico al que debemos una ópera cuyo título es Los leones de Venecia) ponen a punto el manuscrito de Aurora, libro genovés en su factura, pero que durante mucho tiempo se tituló Ombra di Venezia. Más tarde piensan, juntos, un libro sobre Frédéric Chopin. Nietzsche lee a Georges Sand, Gast estudia las partituras y ambos tocan las piezas en el piano. Me gusta imaginar, bajo los dedos del filósofo, el Estudio Op. 10 nº 12 en do menor, un allegro con fuoco —la expresión musical del genio nietzscheano, de su cualidad y su destino—. Brío, potencia, fuerza y desesperación: esta obra del opus 10 es una tempestad que prefigura el final de los viajes de Nietzsche.
Publicado por Irene Antón a las 20:18 1 comentarios
Etiquetas: Los cinocéfalos
martes, 27 de enero de 2009
Errata naturae en Qwerty
El 20 de enero, el crítico Sergi Sánchez recomendó nuestro libro Pere Portabella. Hacia una política del relato cinematográfico en el programa Qwerty de Barcelona TV.
I.A.
Publicado por Irene Antón a las 21:01 0 comentarios
Etiquetas: Reseñas
lunes, 26 de enero de 2009
Las nuevas reglas de Dave Eggers

Publicado por Irene Antón a las 16:38 0 comentarios
Etiquetas: Lecturas
martes, 13 de enero de 2009
Defensa frente a un articulista arbitrario
A cuenta de la publicación de un libro con mi nombre en la cubierta, Pere Portabella. Hacia una política del relato cinematográfico, se me acusa desde las páginas de Cahiers du Cinéma-España de ser «digresivo», de tener una «visión difusa y borrosa» y de «carecer de rigor». No me preocupa tanto esta crítica, que prescinde de toda argumentación, como aquello que podría indicar: que alguien piense que estoy ascendiendo, muy a mi pesar, en algún tortuoso e ilusorio escalafón a costa de sus intereses. Es la única razón que hallo para tanta y tan vana animadversión.
En primer lugar, «digresivo» no puedo ser porque la palabra «digresivo», al menos en castellano y en sus diccionarios, no existe. Según parece únicamente los investigadores pueden ser acusados de «carecer de rigor», y no aquéllos que reseñan su trabajo. Es normal, por otra parte. Leamos, en cualquier caso, al articulista: «el estudio de Rubén Hernández resulta bastante más digresivo [sic] a pesar de definirse como un ensayo». Tal vez en realidad el articulista quiso escribir «el estudio de Rubén Hernández resulta bastante más digresivo ya que se define como un ensayo». Dedico varias páginas del libro a establecer la relación, tanto etimológica como histórica, entre las nociones de digresión y ensayo. O el articulista lo entendió todo al revés o simplemente no las leyó. Es curioso: son las primeras páginas del libro y definen metodológicamente todo el proyecto.
En segundo lugar, «visión difusa y borrosa». Leamos: «su frecuente alejamiento metodológico y conceptual del objeto de estudio deja a éste, demasiadas veces, en un segundo plano y ofrece, a pesar de sus innegables aciertos, una visión difusa y borrosa del mismo». Presupongo, para dar sentido a esta frase, que el articulista estima que mi objeto de estudio es el cine de Pere Portabella. Sorprendente. En el primer párrafo del libro y en su contracubierta sostengo que el cine de Portabella es un vehículo para llevar a cabo una reflexión general sobre la relación entre lo estético y lo político en el ámbito del relato cinematográfico. Esta relación es en última instancia, como se expone de forma meridiana, mi objeto de estudio a través del cine de Portabella, entre otros. A continuación aclaro que éste es el motivo por el cual el ensayo no sólo se ocupará del cine de este autor, sino también del cine de Epstein, Buñuel, Eisenstein, Marinetti, Godard, Debord, Pasolini o Rocha, todos ellos protagonistas de esta misma cuestión. Considero absolutamente injusto que el libro sea desahuciado por no ser aquello que, desde su mismo inicio, anuncia que no será. En cualquier caso, no me arrepiento de no haberle hecho llegar a este articulista el plan de mi investigación y mi planteamiento metodológico para que él confeccionara el libro a su gusto.
En tercer lugar, «carente de rigor», ya que en un pasaje del libro escribo erróneamente el apellido de un investigador: Torres por Torrell. Es más, dice el articulista: «No parece de recibo criticar varias opiniones de Josep Torrell y, durante un par de páginas, cambiar su apellido por el de Torres». Es cierto: ese error invalida todas las argumentaciones detalladas que hago de cara a proponer una visión diversa a la que tiene Torrell sobre los finales de las películas de Portabella, argumentaciones que el articulista decide obviar. Además y más allá del juego tendencioso y poco noble, el articulista obvia, por supuesto, que el nombre está bien escrito en el resto de pasajes del libro, en todas las notas a pie de página y en la bibliografía. «El rigor debe notarse también en estos pequeños detalles». Concluye con esta última línea y de forma climática su texto el articulista, tratando de proponer este error tipográfico como ejemplo del pretendido descuido general del libro. Mis disculpas, en cualquier caso, para el señor Josep Torrell.
Por supuesto, ni una sola palabra sobre cualquiera de las propuestas, planteamientos, análisis, averiguaciones o líneas de investigación que aparecen en el libro, por lo demás y para desgracia de algunos, voluminoso.
No soy, ni mucho menos, reacio a las críticas. Hace pocos meses, y en relación a otro libro, recibí una bastante dura, pero absolutamente justa, escrita por Manuel Rodríguez Rivero y publicada en Babelia. Al día siguiente, como él mismo podrá atestiguar, le escribí una carta para agradecerle que me hiciera ver esos errores.
Me temo que el trabajo hecho por este articulista no es obra de un profesional: ha dejado demasiadas pistas sobre la escena del crimen. No merece por tanto, ni siquiera, que se le nombre.
R.H.
Publicado por Rubén Hernández a las 18:59 0 comentarios
Etiquetas: Los Polioftálmicos
viernes, 9 de enero de 2009
La soledad de las noches de invierno
Si Olivier Adam comienza este libro de relatos con una frase del músico francés Dominique A («Y decir que ni siquiera habremos pasado el invierno»), a nadie le hubiera extrañado que el padre del llamado realismo sucio, Raymond Carver, hubiera dado comienzo a sus «Tres rosas amarillas» con un extracto sacado de alguna canción del «Big Time » Tom Waits.
Y es que a este francés nacido en la periferia de París en 1974 y que debuta en España con «Pasar el Invierno» (Errata naturae) alguno se atreve a compararlo con el autor que (entonces, ahora y siempre) deja sin aliento a aquél que se acerca a la dolorosamente bella lectura de «Tres rosas amarillas».
El sabio refranero español dice que las comparaciones son odiosas, pero poco tiene que objetar el joven Olivier ante semejante piropo. Un halago que le sitúa en la primera división literaria de las letras francesas, donde obtuvo el Premio Goncourt de Relato en 2004.
Cuatro años después de su publicación en tierras galas «Pasar el invierno» aterriza en nuestro país de la mano de una colección muy especial de la editorial Errata Naturae. La Oveja Vegetal es el expresivo nombre al que responde el conjunto de novelas que evoca la literatura como «nuestra legendaria realidad: la imprescindible capacidad humana para fabular lo real». Y fabular su propia realidad es lo que Olivier Adam hace con magistral soltura a lo largo de nueve intensos relatos con un denominador común: todos transcurren en una noche invernal.
La soledad de las noches de invierno
Nueve largas noches de invierno protagonizadas por hombres y mujeres pero, sobre todo, por la soledad. La inmensa soledad que preside las vidas de cuantos se aferran a la invención de la cotidianidad para evitar caer al abismo de su propio precipicio. Cegados por el dolor y anestesiados por las drogas (como buen hacedor del realismo sucio, los personajes de Adam emplean con acostumbrada frecuencia las sustancias más nocivas y calmantes para el corazón humano), los protagonistas se van dejando vivir aferrados (casi enganchados) a su propio sufrimiento.
Con constantes referencias al más urbano de los contextos (el cineasta Maurice Pialat, Fatboy Slim o The Chemical Brothers hacen virtuales cameos en alguno de los relatos), Olivier Adam se desenvuelve con avidez y soltura en el terreno más escabroso de la exsitencia humana. Desciende a los suburbios de las relaciones personales entre padres e hijos, empleados y jefes, parejas, amigos, desconocidos... y de ese descenso consigue sacar una extraña belleza. La misma que desprende la realidad cuando se observa de cerca, sin filtros expiatorios.
Si bien en el libro de Raymond Carver el último de los relatos daba nombre a la novela, «Tres Rosas Amarillas», en el caso de Olivier Adam «Pasar el invierno» no responde al título de ninguna de las historias en concreto pero está presente en todas de forma global. Pasar el invierno, afrontar el cambio de estación, sobreponerse al dolor de la pérdida, asumir el fracaso como parte del trato de estar vivo, mirar hacia adelante cuando el pasado te persigue, disipar el miedo experimentando cada nueva sensación... Todos ellos ingredientes del debut en castellano de un autor al que, definitivamente, veremos en primavera.
Publicado por Rubén Hernández a las 16:51 0 comentarios
Etiquetas: La oveja vegetal
lunes, 22 de diciembre de 2008
La crisis
Enrique y algunos otros afectados por el cierre se ocuparon de la impresión y el doblado y yo localice el edificio. Entre todos desplegamos esta inmensa reproducción de la portada de El destripador de Robert Desnos que pudo verse en pleno centro de la ciudad durante varias horas.
Publicado por Rubén Hernández a las 13:00 0 comentarios
Etiquetas: Imaginary Urban Action
jueves, 18 de diciembre de 2008
Hércules, señora de la casa

Desde ayer me dedico a la corrección del libro de Michel Onfray, La escultura de sí, próxima novedad de la editorial. Aunque las labores del corrector suelen ser arduas y ofrecer pocas recompensas, en esta ocasión las horas pasan volando y el trabajo no se distingue de los placeres del juego. Las razones son dos y bastante obvias: la excelencia del texto de Onfray y la cuidadísima y elegante traducción de Irene. En el último pasaje que he leído hoy, Onfray habla de la tarea faústica de la construcción de uno mismo a través de la figura de Hércules, en la cual se resumen las destrezas más audaces y la capacidad inefable para hacer de la mera energía una potencia genésica. Me dejo seducir por una frase que transcribo inmediatamente en mi libreta de notas y citas: dice Onfray hablando del héroe griego que
“cada vez que derrama sangre, obtiene mujeres: singular destino, bendita época”.
Qué duda cabe (y ruego a las feministas, si las hubiera, que sepan leer en perspectiva). A continuación el autor repasa las proezas míticas que hacen de este personaje una metáfora de la fuerza, de la energía, del valor, del heroísmo, de la vitalidad, del dominio y de la afirmación de sí, pero recuerda que, además, Hércules poseía una naturaleza fuertemente hedonista: más allá de ser, como antes decía, un gran consumidor de mujeres, no hacía ascos a vinos, platos y festejos. Sólido defensor de una ética de los placeres, Onfray nos recuerda, sin embargo y con sensatez, que
“la libido es antojadiza. Conduce a comarcas de las que se vuelve despeinado, desgreñado y sin aliento. En el mejor de los casos. En el peor nos lleva a prisiones doradas, paraísos ficticios e ilusiones tenaces. O incluso al ridículo”.
Y ni siquiera Hércules, aquél que fue capaz de domar a un toro blanco que se había vuelto loco y de robarle el cinturón a la reina de las amazonas, escapa a este peligro, lo que redobla la simpatía de Onfray por el héroe. La historia es impagable:
“Hércules ganó una competición de tiro con arco contra el rey Euritos, que había prometido su hija al vencedor y que no mantuvo su palabra. Esto enfadó a nuestro arquero con poca correilla. Expeditivo, un poco impulsivo, es cierto, simplemente mató al hijo del rey. Lo que no arregló sus asuntos porque, a modo de castigo, de expiación, tuvo que lavar su crimen convirtiéndose en esclavo de Onfalia. Hay que imaginar a Hércules al pie de la rueca de la hilandera que, según una leyenda romana, hallaba un placer perverso en vestirlo de mujer, a él, vencedor de las más duras pruebas, mientras que ella se ponía la ropa del semidiós y enarbolaba su clava. He aquí cómo se comienza una carrera de héroe para terminar la existencia como un amo de casa. De nuevo: destino emblemático de los obstáculos y las trampas que se encuentran en el camino de quien ha optado por el heroísmo y tropieza con la mediocridad. Historia sin palabras de las biografías de todos nosotros…”
Ni siquiera Hércules, por tanto, fue capaz de sortear los límites de la Necesidad y los enviscamiento del Destino. Sin embargo, y por eso es un héroe y un ejemplo, consiguió abandonar los pies de la hilandera, volvió a combatir contra gigantes, atacó Esparta y volvió a casarse y a follar como si con cada gemido se le pudiera escapar para siempre el Thymós vivificador.
R.H.
Publicado por Rubén Hernández a las 9:39 0 comentarios
Etiquetas: Los cinocéfalos
domingo, 14 de diciembre de 2008
Soy un payaso y colecciono momentos
Mientras nos reíamos, no pude evitar acordarme de esta frase de Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll: «Ich fand es furchtbar und großartig, diesen Alltag, mit Kaffetopf und Brötchen und Maries verwaschener blauweißer Schürze über dem grünen Kleid, und mir schien, als sei nur Frauen der Alltag so selbsverständlich wie ihr Körper»*.
*No tengo la traducción castellana en casa, pero sería algo así: «Me pareció terrible y maravillosa, esta cotidianidad, con el bote del café y los panecillos y el descolorido delantal blanco azulado de Marie sobre el vestido verde, y tuve la sensación de que sólo a las mujeres la cotidianidad les resulta tan natural como su cuerpo».
Publicado por Irene Antón a las 20:12 0 comentarios
Etiquetas: Lecturas
viernes, 5 de diciembre de 2008
Dios-Amor-Sexo
Supongo que recuerdan aquella conocida estrategia publicitaria cuyo uso se extendió hace unos años por universidades y otros centros de esparcimiento juvenil, como por ejemplo:

Publicado por Rubén Hernández a las 11:18 0 comentarios
Etiquetas: Medios de comunicación
jueves, 27 de noviembre de 2008
Imaginary Erotic Action / 2
La imagen que pueden ver arriba es una fotografía de Aníbal Berlín, buen amigo y mal fotógrafo. No creo que Aníbal se moleste cuando lea esto, pues como él mismo suele decir: “yo estudié derecho, cinco putos años, y en lugar de ser un fotógrafo mediocre hoy podría ser un abogado mediocre; pero en ese caso no me levantaría a las 11 de la mañana, no ganaría tanta pasta y no estaría siempre rodeado de tías buenas”. Más razón que un santo. Aníbal vive en Phoenix desde hace años y parece que el amor aún se impone a las abrasadoras y constantes calinas de Arizona. Trabaja como free-lance para las versiones americanas de revistas como FHM, Maxim o Man, y de vez en cuando cuela alguna perla en otras publicaciones menos decorosas como Beach Bunny, Over 40! o Leg Show. Hace un tiempo le pedí que, a modo détournement, incluyera la imagen de uno de nuestros libros en alguna de sus fotografías. Hoy Anibal me envía esta imagen y pienso que a los protagonistas de El gesto más radical no terminaría de disgustarles. R.H.
Publicado por Rubén Hernández a las 12:01 0 comentarios
Etiquetas: Imaginary Erotic Action
domingo, 16 de noviembre de 2008
Pas encore au chapitre des monstres
Pero no sólo me interesan los diccionarios y enciclopedias en sí, sino también sus hacedores. Esos Littré, Larousse, Roget, María Moliner… que acumulan palabras como si tuvieran un proyecto, cuando en realidad sufren un agudo síndrome de Diógenes me fascinan. Ellos recogen conceptos y expresiones de las conversaciones ajenas como otros recogen trastos de las calles. Y las acumulan. La diferencia, creo, estriba en que los hacedores de diccionarios las ordenan escrupulosamente. Pero la obsesión de las palabras les habita, lo prueban la multitud de anécdotas sobre sus vidas según las cuales incluso corrigen la ortografía, la gramática o la pronunciación de aquellos que van a darles muerte o que les han descubierto en compañías y posturas poco nobles. En ninguna situación dejan pasar la deshonra a las palabras.

Publicado por Irene Antón a las 19:52 0 comentarios
Etiquetas: Lecturas
domingo, 9 de noviembre de 2008
Great Falls

Publicado por Rubén Hernández a las 18:53 0 comentarios
Etiquetas: Lecturas
miércoles, 5 de noviembre de 2008
Oshkosh, Wisconsin
Esta semana he vuelto a la lectura de Richard Ford: sin duda alguna, uno de los grandes de la literatura norteamericana actual. El libro llevaba tiempo y tiempo en el limbo de mi mesilla. Tal vez me asustaba su horripilante y tremebunda cubierta, que reproduzco para que no puedan acusarme (¿por qué seguiré usando el tratamiento de usted en este blog?) de ser hombre exagerado. Cubierta tan horripilante y tremebunda, al menos, como el lugar donde compré esta edición de Ford: Oshkosh, Wisconsin.
Visité Oshkosh en un viaje con tintes de road-movie que hice con Irene y Elvira. Recorrimos los estados de Illinois, Iowa, Minnesota y Wisconsin: un enorme maizal confederado donde no existen demasiados “puntos turísticos” y donde todo interés depende estrictamente de la mirada del viajero. Solíamos dormir en moteles donde era difícil desprenderse de la impresión de decorado cinematográfico y cada mañana elegíamos, sin demasiados datos y sobrevalorando a todas luces las virtudes del azar, la ruta del día. Un criterio de peso para cada elección era el nombre de los lugares: la belleza de los nombres. Perseverábamos, como una terna de chimpancés pre-modernos, en la idea de que alguna relación tenía que haber entre las palabras y las cosas. Y una y otra vez metíamos la gamba. Por ejemplo: Cedar Rapids creó en mi cabeza la maravillosa imagen de un main street repleto de poetas borrachos, jugadores profesionales de poker y rubias severamente permanentadas; al llegar a aquella ciudad encontramos un lugar anodino y, para colmo, desertado y anegado tras el dramático desbordamiento del río Mississippi. De forma parecida Oshkosh nos prometía algo salvaje, genuino, frondoso, antiguo, ajeno.
Tras un breve paseo por la calles de Oshkosh localizamos una librería y nos faltó tiempo para refugiarnos allí de la melancólica mediocridad de la ciudad. Al fondo de la librería, por lo demás vulgar, un grupo de lugareñas que rondaban de media los cuarenta mantenía una suerte de tertulia literaria: imagen aterradora –espero que sepan comprenderme- que traté de obviar pero de la que a duras penas conseguí recuperarme. Ni siquiera quise saber qué libro comentaban, aunque no sé por qué imaginé que sería Las cenizas de Ángela de Frank McCourt. Entonces, como un milagro, encontré en uno de los estantes el libro de Richard Ford que leo estos días. Salimos pitando de la librería y ni siquiera llegamos a pensar en buscar un café donde echarle un primer vistazo al libro. Regresamos directos al coche y huimos de Oshkosh como si previéramos que allí estaba por acaecer un desastre comparable a aquél cuyas huellas encontramos en los barrios enlodados y fantasmales de Cedar Rapids.
Al terminar de leer el libro de Richard Ford me topo en la última página, blanca y de cortesía, con un sello: Apple Blossom Books, Oshkosh. El nuevo encuentro con esta palabra remueve mi curiosidad y se me ocurre buscar algo en google sobre el origen de la ciudad y su nombre. Me entero de que la ciudad honra al Jefe Oshkosh de los indios Menominee. Leo que este hombre fue el responsable de la venta a los Estados Unidos de las tierras de su pueblo -4,2 millones de acres- a cambio de 620.000 dólares y unos terrenos cerca Crow Wing River destinados a la creación de una reserva. También leo, en otra página, que años después el Jefe Oshkosh afirmó que la venta se había realizado bajo presión. Al parece terminó convertido en un alcohólico, atesorando casi doscientos kilos de carne podrida por el arrepentimiento y perdiendo la vida en una pelea de borrachos, el 29 de Agosto de 1858. Pienso ahora que tal vez la ciudad de Oshkosh no sea tan distinta de la historia del Jefe Oshkosh y que tal vez, aunque sea de forma secreta y esquiva, las palabras sigan de algún modo ligadas a las cosas.
Publicado por Rubén Hernández a las 22:09 0 comentarios
Etiquetas: Lecturas
domingo, 2 de noviembre de 2008
Vila-Matas en Oostende
Vila-Matas reflexiona sobre ello brevemente en su último libro, Dietario voluble. Se pregunta, por ejemplo, cuándo comienza un viaje: tal vez empiece al facturar la maleta, pero es más probable aún que fuese al hacerla o quizá incluso en el momento en que compramos el billete o cuando nos quedamos dormidos y soñamos que volamos. Curiosamente, leo esas líneas en un avión, en un avión que me devuelve a mi lugar de origen y que, por tanto, cierra, concluye un viaje. Es un viaje que probablemente empiece una historia, otra historia cuyo comienzo es sin embargo también impreciso, cuándo, de nuevo, en qué momento.

La gestación, los nueve meses, los días, el tiempo que pasa y algo va creciendo. En una de las escalas de este último viaje, en la playa de Oostende, bajo un pórtico con vistas al Mar del Norte, yo también reflexioné sobre los comienzos de Errata naturae, cuándo, de nuevo, en qué momento. Recuerdo, al principio, algo así como una curiosidad, la recepción incrédula de una idea de mi socio: ¿y si…? Me parece que durante mucho tiempo para mí la pregunta no llegó a tomar forma completamente, que tardó mucho en llegar a ser: ¿Y si montamos una editorial? Me recuerdo sentada en la cama, a más de 7000 kilómetros de distancia de Madrid, en mi pequeño y caluroso zulo martiniqués. Y deben saber que el calor me impone una mayor distancia ante las cosas, una pesantez que me impide tomármelas plenamente en serio, que no les permite instalarse con seriedad en mi cerebro. Tal vez por eso fueron necesarias muchas conversaciones telefónicas, ese hilo que nos unía en la distancia, a pesar del mar, de tanto mar. La gestación. Y luego vino otro avión, otro avión de vuelta. Y el aeropuerto, y el nacimiento, y nuestros monstruos y nuestros libros.
I.A.
Publicado por Irene Antón a las 20:18 0 comentarios
Etiquetas: Lecturas
jueves, 30 de octubre de 2008
Reyes Mate en Encuentros de lecturas
José Torreblanca publica esta semana en la revista Encuentros de Lecturas un excelente artículo sobre La herencia del olvido, la última novedad de Errata naturae editores. Antes de dar paso al texto, corto y pego la frase de Auden, a la que sigo dando vueltas, que abre este sitio altamente recomendable dedicado a la literatura y el ensayo:
Reseñar libros malos no es sólo una pérdida de tiempo, sino también un peligro para el carácter.
La Herencia de olvido, Reyes Mate
Adentrarse en la lectura de los diez ensayos recogidos en La herencia del olvido, que publica Errata naturae, no es una tarea exenta de riesgos. Uno de ellos no es, desde luego, el que pueda provenir de la dificultad de su lectura sino todo lo contrario. Aunque la escritura del autor es siempre densa, y más en estos ensayos en los que está contenido, para quien lo conoce, gran parte del pensamiento de Reyes Mate, el placer de la lectura está asegurado. Su estilo tiene la claridad que, como cortesía del filósofo, preconizaba Ortega y Gasset. La brillantez del autor y su capacidad para transmitir su convicción y su implicación personal en las ideas que defiende pueden ser fascinantes.
El riesgo no proviene por tanto de la dificultad de la lectura sino de todo lo contrario. Llevados por una argumentación tan convincente, y fascinados por un autor cuya trayectoria vital es absolutamente coherente con su obra, podemos tardar en darnos cuenta de que se nos va a terminar llevando a plantearnos cuestiones, como el papel de Dios o la religión, que sólo parecen estar de moda en nuestros días entre los cultivadores del pensamiento fundamentalista. Un posible lector, no advertido, que esté instalado cómodamente en su laicidad, y no digamos si forma parte del denostado laicismo excluyente, experimentará según progrese en la lectura de La herencia del olvido sucesivos sobresaltos. El autor, pese a ser persona tolerante, e incluso experto en tolerancia, no está dispuesto a tolerar una lectura curiosa o indiferente. Sólo permite una lectura comprometida. El riesgo en el que incurrimos, por tanto, es el de tener que pensar.
De los diez ensayos que integran la obra, son los siete postreros los que recogen el pensamiento fuerte del autor dado que los tres primeros están dedicados a relatar su experiencia iberoamericana, una experiencia que dada la profesión del autor es una experiencia filosófica. Su lectura bien merece la pena no sólo por lo que tienen de entrañables recuerdos personales sino porque al aparecer la memoria de la América precolombina y de la conquista con su carga de atrocidades y olvido ofrecen los primeros atisbos de cómo en el pensamiento de Reyes Mate están siempre presentes "los olvidados" de antes, y los de ahora como los que dan título a la película de Buñuel, pensamiento que se desarrolla en profundidad en los siete ensayos siguientes.
En estos tiempos en que se trata de recobrar la memoria de unos muertos en un tiempo y en un espacio tan delimitados como el de la guerra y la posguerra civil española, se nos propone un programa tan ambicioso que puede llegar a ser estremecedor. La memoria que hay que recobrar es la de todos los vencidos de la historia. El sufrimiento infinito de tanto inocente debe pesar sobre nuestras espaldas y obligarnos a preguntarnos por su razón.
El sufrimiento de los vencidos no pertenece sólo a una historia lejana. El sufrimiento de tanto inocente queda bien escenificado en el siglo XX, y adquiere con el exterminio del pueblo judío un carácter tan atroz que obliga a preguntarse por la razón de tanto sufrimiento, y sobre todo qué hacer con él salvo que se opte por encogerse de hombros y pasar página.
Y es en este punto del relato cuando el posible lector, que hasta aquí no había cuestionado los valores de la ilustración, la razón y el progreso en los que probablemente se ha educado, y que se declara laico y por tanto partidario de que la religión se desenvuelva en el ámbito privado, experimentará el primer sobresalto.
Reyes Mate, y con él un grupo, nada desdeñable en cantidad y calidad, de filósofos y escritores que ha reflexionado sobre el totalitarismo nazi, el antisemitismo y los campos de exterminio, muchas veces desde su experiencia personal, coinciden no sólo en la crítica a la ilustración sino que la hacen responsable directa o indirectamente del fracaso que para la humanidad representa el genocidio. Y al hilo de la argumentación que sustenta esas afirmaciones el lector es invitado “a repensar a la laicidad”, dado que “en Auschwitz se hace visible la laicidad”, para a continuación enfrentarle con temas que ponen en relación " fascismo y ajusticiamiento de Dios", "Auschwitz y la fragilidad de Dios", o tratan "del lugar de la religión hoy" o en los que se habla de "redención" o "mesianismo"
Decir que los planteamientos citados son sugerentes sería casi una frivolidad. Son planteamientos que exigen una respuesta comprometida en el acuerdo o en el desacuerdo. Negarse a dialogar con Reyes Mate al compás de la lectura de sus ensayos es negarse a hablar de los condenados de la tierra. En cualquier caso un punto de acuerdo es siempre posible. La razón compasiva en torno a la que giran estos ensayos puede muy bien tener raíces cristianas pero ha podido ser asumida comprometidamente por lo mejor de una izquierda que no ha renunciado a ser laica y progresista.
José Torreblanca
Publicado por Rubén Hernández a las 12:04 0 comentarios
Etiquetas: Reseñas
sábado, 25 de octubre de 2008
En el polígono
Cuando llegamos al polígono eran las seis y diez de la mañana. Pilar venía de fiesta con medio gramo en el cuerpo, sus tacones fucsias de Mango y el maquillaje rehecho. Se quitó los zapatos y se encaramó al andamio como un gato, donde la seguí no sin esfuerzo.
- No lo entiendo –me dijo de repente con un tono que se encaminaba a buen paso hacia el reproche-.
- ¿El qué?
- Lo de Bolaños.
- Bolaño. ¿Qué no entiendes?
- Lo de elegir escritores para cometer un delito o lo que sea.
- …
- ¡¡Joder Rubén!! Y por qué me cuentas eso… ¡Entonces que coño pinto yo aquí pegando el puto cartel de la editorial, si sabes que el único libro que me he acabado es El código Da Vinci!
- No te rayes, Pili, estás muy pedo –le dije, tratando estúpidamente de adaptar mis palabras a su lenguaje y de obviar la sagacidad de las suyas. Pasado un instante le acaricié el pelo a la altura de la nuca, en un gesto fallido-
Ayer, cuando volví a la imprenta tras varias semanas, vi que habían retirado el andamio y que el cartel, sorprendentemente, sigue allí.
R.H.
Publicado por Rubén Hernández a las 18:25 1 comentarios
Etiquetas: Imaginary Urban Action
miércoles, 22 de octubre de 2008
Deseo del Monstruo
Jean Giono, Pour saluer Melville.
Supongo que Errata naturae, esta editorial poblada de monstruos, es a día de hoy, para bien y para mal, la respuesta más certera que he sido capaz de concebir para las palabras de Giono.
R.H.
Publicado por Rubén Hernández a las 15:51 0 comentarios
Etiquetas: Lecturas
sábado, 18 de octubre de 2008
Sobre el destino
Hacía varios días ya que se me había colado en la cabeza, con tintes de presagio y de catástrofe, la frasecita de Samuel Beckett:
“Algo está siguiendo su curso”.
Instigado por el irlandés, agarré el volumen que contiene el discurso Sobre el destino de Cicerón, pensando que tal vez allí se dijese algo interesante sobre ese otro “algo”. Había comprado el libro meses atrás pero hasta hoy no había llegado ni siquiera a echarle un vistazo, de modo que retiré el plástico que lo envolvía –o “condón”, según la jerga libresca que me enseña mi amiga Ángela- y hojeé las páginas buscando el comienzo del texto. Lo que encontré, sin embargo, fue un cadáver. Lo reproduzco en la siguiente imagen, a media altura y a la derecha del texto.

¿Cómo llegó la criaturilla insectil a hallar la muerte en este pasaje ciceroniano? Lo ignoro. En cualquier caso, la sospecha habitual de que comprar un libro es tanto como llevarse a casa un féretro se convirtió en una intuición objetiva. No me quedó más remedio que tomar al bicho por un auspicio y me dispuse a leer el fragmento que señalaban sus restos como si de la admonición de una sibila se tratara:
“Dijo que Sócrates era estúpido y lerdo, porque no tenía hundidos los hoyos de la clavícula; decía que tenía esas partes obstruidas y cerradas; añadió también que era un mujeriego, ante lo que -según se dice- Alcibíades sufrió un ataque se risa”.
Tras unos minutos ante el espejo a mí tampoco me aparecen los jodidos hoyos por ningún lado y tengo mis dudas sobre la posición real que ocupa la clavícula en mi cuerpo. Sin perder la esperanza, intento hallar en la segunda parte del fragmento señalado por el mosquito, allí donde Alcibíades se ríe de la incompatibilidad entre el sabio y las bondades de la mujeres, el mensaje cifrado que el texto, sin duda, me ofrece. Me enfrasco en nuevas cavilaciones y trató, una vez más y como siempre en vano, de situarme a mí mismo entre los polos arquetipos del filósofo y del erotómano. Pienso, como tantas otras veces, en la paradójica aliteración de la ascesis y el exceso que, los pocos que me conocen bien, saben que me define tanto como me deshace. Veo desfilar no sólo a Sócrates, sino también, y sin orden alguno, a Epicuro, a Pasolini, a Deleuze, a Séneca y a Restif de la Bretonne. Entro en barrena, para variar. Y de repente, sintiéndome aún más inútil, caigo en la cuenta de mi error: me doy cuenta de que Alcibíades no se reía de la flagrante incompatibilidad entre el destino del sabio y los placeres de nuestras Venus, sino del hecho de que a Sócrates, para desgracia de la pobre y temperamental Jantipa, le gustaran más los nabos que las chirlas (excuse my French). Me río a gusto de mí mismo durante un buen rato, para desconcierto y alarma de Bergman, mi perro, y veo cómo, a medida que se relaja la mandíbula, lo que sea que esté siguiendo su curso empieza a importarme un poco menos.
R.H.
Publicado por Rubén Hernández a las 20:54 0 comentarios
Etiquetas: Lecturas


